lunes, marzo 26

"La ciudad-teatro", por Fernando Kofman

Los libros crean un escenario singular: la lectura. Hacen de ella un acontecimiento, como los libros singulares de ciertos autores. La literatura puede hacer su aporte a la arquitectura, porque sobre los escenarios de la ciudad donde han recaído millones de miradas acostumbradas, petrificadas, ella instala un nuevo hecho: la diversidad de miradas, la fundación de otro espacio. Para los sitios de encierro crea otra disposición. No el consagrado asilo u hospital, el parque o el bulevar. Ese objeto que es el libro, de poemas, ensayo o novela, acelera la diversidad de sucesos sobre un mismo sitio. Antes de hacerlo sobre la ciudad, ha merodeado en la cabeza del lector. Y el lector recorre la ciudad como un nuevo arquitecto, en el que la planificación racional sucumbe, se ahoga. El lector traza itinerarios que se le pasaron por alto a quienes década a década diseñaron la ciudad. El lector reinventa otra ciudad sobre los mismos itinerarios de la abulia. La ciudad-teatro, la ciudad-interrogante, la ciudad-fin de las certezas, nace con ciertos libros que nos instalan en la grieta, que nos despiertan ante la gran fachada de vidrio, el muro de cemento, la plaza convencional.



Este texto pertenece a Poesía para la arquitectura, un libro que compila 18 artículos ensayísticos muy breves escritos por Fernando Kofman. El autor nació en Misiones en 1947, es poeta y dramaturgo y dirigió en los ‘80 la revista Satura. Tanto en ese libro como en La insolación plantea una división tajante entre poesía y racionalismo e iguala los conceptos de razón y coerción. Por momentos, parece una lectura ingenua; por momentos, la propuesta resulta brillante.


En Ciudad Pánico, Paul Virilio expresa, desde otra óptica, una idea similar a la que Kofman expone en “La ciudad-teatro”. Según Virilio, “cada ciudadano es un urbanista que se ignora”. Podría hablarse aquí del condado que “inventó” William Faulkner o de la novela En el mar austral, que llevaba por subtítulo “croquis fueguinos” y que Fray Mocho escribió sin haber pisado Tierra del Fuego (paradójicamente, hubo quienes dijeron que el autor se limitaba, en ese texto, a describir los paisajes y los personajes que había conocido en el lugar).


(En la imagen, mapa del condado de Yoknapatawpha.)

domingo, marzo 18

¿Sabés nadar?

En 1987, la revista Vuelta sudamericana publicó una entrevista a Héctor Viel Temperley realizada por Sergio Bizzio. Si bien conocíamos esa nota, no estábamos enterados de que se trata del único reportaje que le hicieron al poeta.


Charlamos con Sergio Bizzio sobre el asunto y nos contó lo siguiente:

«Viel era muy amigo mío; él me quería mucho, yo lo quería mucho y nos visitábamos con cierta frecuencia. Él miraba mis cuadros (era un tipo muy ligado a la pintura) y le gustaban. De hecho, los primeros elogios relativos a mis cuadros fueron de Viel Temperley. Un día vino a casa –me acuerdo incluso del cuadro que miró y de sus comentarios sobre el cuadro que miró– y me dijo: “Me voy a morir, tengo cáncer”. Yo estaba colaborando en la revista Vuelta sudamericana y, unos días después de que Viel me dijera eso, propuse hacerle un reportaje. El director de la revista me dijo que sí. Cuando fui a hacerle la nota, Viel estaba en cama, muy débil. Lo ponía feliz de que le hicieran una entrevista. La hice, la transcribí, la mandé a la editorial y pedí al director que la publicara en el número siguiente porque Viel estaba poniéndose mal. El director me prometió que lo haría. Mientras tanto, fui a visitar a Viel varias veces y siempre me preguntaba: “¿Sale el reportaje?”. Se estaba muriendo y estaba esperando ansioso que la nota se publicara. Cuando el número estaba por salir, el director decidió levantar la nota para publicar no sé qué boludez. Le dije a Viel que saldría en el número siguiente. No alcanzó a verlo. Se murió una semana antes de que saliera el número con el reportaje. Me da una rabia… Es el único reportaje que le hicieron en su vida».

sábado, febrero 24

El síndrome del libro fallado

Fragmento del epílogo de Eduardo Berti a la edición española de su libro de cuentos Los pájaros (Madrid, Páginas de Espuma, 2003).



De niño, ningún cuento me impactó tanto como “La gallina degollada”. Sé que para algunos Horacio Quiroga hizo lo mismo que Kipling, pero mal. Con excesiva malicia, esto podría achacársele a la serie de Cuentos de la selva, pero seguramente no a los Cuentos de amor, de locura y de muerte, en los que Quiroga por momentos prefigura ese universo de crueldad que luego asomaría en Silvina Ocampo o en Juan José Hernández, una línea de la narrativa argentina que siempre me entusiasmó.

Hace ya muchos años quise releer “La gallina degollada”. Me impulsaba la nostalgia, aunque también la intriga de averiguar si, frente al libro, hallaría al mismo niño-lector lleno de miedo. Descubrí entonces que no tenía el libro y fui en busca de una nueva copia. Además de la vieja edición de Losada había otra en la librería, una edición de origen mexicano, y al verla sentí un tonto alivio. Desde que dejé el colegio nunca pude volver a usar un pulóver azul en “v” porque me siento enfundado en un uniforme escolar. Supongo que, de haber tenido que comprar por segunda vez la edición de Losada, habría sentido algo en más de un aspecto análogo.

Sólo al llegar a casa vi que el libro estaba fallado. Un bloque de páginas (“un pliego”, diría un imprentero) se repetía en reemplazo de otras tantas páginas. El cuento más perjudicado por este defecto no era otro que “La gallina degollada”. Pero lo que más atrajo mi atención fue la primera página del libro. Había allí una firma y una fecha: 16/11, o sea, el día de mi cumpleaños. Se trataba de una pequeña estafa, ya que me habían vendido como nuevo un libro usado. Un amigo a quien le conté lo ocurrido me sugirió una explicación, no a la estafa ni a la falla sino a la coincidencia entre la fecha garabateada en el libro y mi cumpleaños: aquella firma era la del propio Quiroga y aquel libro se trataba de un regalo y de una burla al mismo tiempo.

–Lindo cuentito. Escribilo –le dije. Y a otra cosa.

A partir de allí empezó, por algún tiempo, lo que he dado en llamar el “síndrome del libro fallado”. De cada veinte o treinta libros que adquiría, uno tenía algún error. Esto podría hablar de cierta fatalidad o, más simple aun, del mal estado de la industria del libro en Latinoamérica. Pero luego ocurrió otra cosa. Acababa de salir Historia argentina y su autor, Rodrigo Fresán, tuvo la idea de dedicarme “un libro fallado con una dedicatoria perfecta”. Él ignoraba la historia de Quiroga. Mucho menos sospechaba que, años después, yo compraría su segundo libro y al abandonar el negocio advertiría que estaba mal impreso, invadido de páginas en blanco. De supersticioso no fui a cambiarlo y conseguí que el autor firmase un segundo libro fallado.

Mientras ocurría todo esto, mi amigo insistía con que tenía que escribir un cuento sobre libros fallados. Si desoía sus sugerencias era, entre varios motivos, porque me parecía presuntuoso imaginar que Quiroga se había tomado la celestial molestia de averiguar la fecha de mi cumpleaños.

Casi me había olvidado del libro de Quiroga y del “síndrome” cuando en el suplemento cultural del diario Clarín, de Buenos Aires, me tropecé con un texto de Elvio Gandolfo sobre su libro Dos mujeres y descubrí que cierto personaje se llamaba Berti. No sé por qué me vino a la memoria, de pronto, el libro de Quiroga. Lo busqué en mi biblioteca, le pegué una rápida hojeada y me fui a dormir.

Al despertar, tenía todo un cuento nuevo en la cabeza. Nunca me sucedió algo así. No sé si soñé con el cuento y ya despierto lo rememoraba o si el cuento estaba naciendo en ese instante y por suerte me pescaba despierto para atraparlo.

El cuento se llama “El definitivo Benincasa” e integra este libro, Los pájaros, junto a once relatos cuya historia es aún más aburrida.

En este cuento, un ignoto escritor llamado Benincasa descubre que su vida es igual a la de un tal Benincasa, personaje de un relato de Quiroga. Lo extraño es que, meses antes, Benincasa había empezado la escritura de un relato con el propio Quiroga como personaje. Un tercer escritor recibe el recado de forjar un cuento que desmadeje el cruce entre ambos personajes-autores. Al momento de bautizar a este escritor, no tuve dudas: le puse Gandolfo.

viernes, febrero 16

La encuesta como una de las bellas artes


Sin tomarlas demasiado en serio, casi a título anecdótico, nos parecía interesante empezar el año con una encuesta que se realizó hace dos décadas y otra que se realizó hace tres.

La primera fue perpetrada por Juan Martini y Damián Ríos para la revista Humor. Les preguntaron a 50 escritores cuáles eran para ellos las diez novelas argentinas más importantes. El resultado fue:

. Rayuela, de Julio Cortázar: 32 votos.
. Los siete locos, de Roberto Arlt: 28 votos.
. Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal: 23 votos.
. La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares: 22 votos.
. Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes: 19 votos.
. Facundo, de Sarmiento: 17 votos.
. El juguete rabioso, de Roberto Arlt: 16 votos.
. Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato: 15 votos.
. Zama, de Antonio di Benedetto: 14 votos.
. Respiración Artificial, de Ricardo Piglia: 14 votos.

Más allá del resultado final, con mucho tino, se publicaron separadamente las respuestas de cada uno de los encuestados (Abelardo Castillo, Osvaldo Soriano, Liliana Heker, Pacho O’Donnell, Marco Denevi, Isidoro Blaisten, Rodolfo Rabanal, Tomás Eloy Martínez, Vlady Kociancich, Vicente Battista, Ana María Shua, Germán García, David Viñas, Enrique Molina, Angélica Gorodischer, Juan José Manauta, Jorge Manzur, Ricardo Piglia, Héctor Tizón, Cecilia Absatz, Juan José Hernández, José Pablo Feinmann, Bernardo Kordon, Enrique Medina, Juan Sasturain, Héctor Lastra, Mario Goloboff, Ernesto Schoó, Ángel Bonomini, Jorge Masciangioli, Oscar Hermes Villordo, María Esther de Miguel, María Angélica Bosco, Carlos Arcidiácono, Eduardo Belgrano Rawson, Eduardo Gudiño Kieffer, Griselda Gambaro, Antonio dal Masetto, Roberto Fontanarrosa, Aníbal Ford, Alicia Steinberg, Alan Pauls, Martín Caparrós, César Aira, Rodolfo Fogwill, Héctor Libertella, Alberto Laiseca, Luis Gusmán, Miguel Briante y el propio Juan Martini).

Una década antes, La Opinión Cultural había consultado a críticos, libreros y escritores (entre otros, Jorge Luis Borges, José Bianco, Alberto Girri y Antonio di Benedetto) quiénes eran los tres escritores argentinos jóvenes más prometedores (la palabra que utilizaron fue ésa: “prometedores”). Ante la vaguedad del término “joven” (hasta hace unos años, Abelardo Castillo nombraba a Fogwill como un escritor joven), se pedía que, en lo posible, la edad de los mencionados no excediera los 35 años.
El resultado fue el siguiente:

. Jorge Asís: 13 votos.
. Miguel Briante: 7 votos.
. Héctor Lastra: 7 votos.
. Liliana Heker: 6 votos.
. Rodolfo Rabanal: 6 votos.

domingo, diciembre 31

Las cucardas AMXN 06



Libros breves para llevar en la mochila veraniega:


Cuento: Los estantes vacíos, Ignacio Molina (Entropía).

Memorias: Dos relatos porteños, Raúl Escari (Mansalva), en donde se narran las últimas horas de Barthes luego del accidente con la camioneta de la lavandería y se comenta una foto de Escari con Burroughs armándose algo en un balconcito.

Novela: Donde yo no estaba, Marcelo Cohen (Norma). El único libro largo de esta breve lista, porque "algún libro largo" hay que leer en las vacaciones.

Crónicas: Desubicados, María Sonia Cristoff (Sudamericana). Aunque podría ser el de Brascó, o cualquiera de la serie in situ, que a pesar de tener los precios un poquito inflados valen todos la pena.

Reedición: La vida privada y otros relatos, Henry James (El cuenco de plata). James fue cualquier cosa menos argentino, pero la traducción impecable de José Bianco justifica su inclusión acá. ¿Otra razón? el último cuento de la serie, La bestia en la jungla, acaso sea el mejor relato breve de la literatura inglesa (fá, tomá, te lo dije!).

Poesía: Máquina de trinar, Walter Cassara (Huesos de Jibia). Un oasis en el desierto de los jóvenes poetas de los noventa (epa).

Reedición (de título nacional): El desierto y su semilla, Jorge Barón Biza (Simurg).



En la foto: Hugo Santiago y libretista.



domingo, diciembre 17

Abajo la censura


Antes de los tecnicismos, lo relevante: volaron los comentarios de haloscan (que eran mucho más cómodos que los de blogger) y las estadísticas de webstats (que no nos servían).

Qusiimos cambiar la plantilla, “migrar” (???) a la nueva y promocionadísima versión de Blogger, y ahora no podemos incluir estos elementos. Si alguien sabe cómo recuperarlos, bienvenido el dato.

Lo más triste es que perdimos los comentarios recientes: Gabriela Esquivada hablaba de Feiling, un amigo se quejaba sustantivamente del comentario del libro de Bioy, ¡hasta Tomás Scolarici hizo su descargo por la reseña de “Historias pequeñoburguesas”! A todos los que dieron y dan su opinión, gracias y disculpas. Todavía somos medio nabos. O como dijo mint que decía Casero: “seremos boludos, pero somos una bocha”. Bien, en este blog podemos asegurar la primera parte de la afirmación.

miércoles, noviembre 22

Dos kilos de Borges


Había dos o tres cosas que queríamos saber acerca del nuevo gran bodoque de la literatura argentina (el anterior, Los sorias, aunque devotos de Laiseca, no pudimos terminarlo). La primera era si el libro estaba cosido, y si la costura soportaría el manipuleo más o menos torpe de nuestra lectura. La segunda era si esa cajita de madera desde la que, cual sarcófago, asoma el libro en las vitrinas, estaba incluida en el precio. La tercera cuestión era la única referida al contenido. ¿Podía haber, en las miles de páginas de Borges, espesura suficiente como para reconsiderar nuestra opinión sobre el adelanto de la revista Ñ? Es decir: ¿había un excedente, un plus de reflexión o de sorpresa frente a ese catálogo de chismografía literaria que habíamos leído en esos "fascículos coleccionables"?

En muchas librerías ni siquiera le sacaron el celofán al primer ejemplar de las mesas, y nos echaron fly cuando solicitamos en diversos tonos (ensayamos la plegaria, el desprecio, la suficiencia...) que nos lo abrieran.

Finalmente, en una librería de Palermo Hitchcock pudimos sentarnos y contestarnos las tres preguntas.

#1: Cosido está. Tiene sobrecubierta, el lomo parece bien afirmado y el gramaje y la calidad del papel superan nuestras expectativas. Lindo bodoque, pero bodoque al fin. Es incómodo para leer y a primera vista amedrenta un poco.

#2: No, qué tontos fuimos. La caja forma parte de esa tendencia marketinera que puebla las vitrinas de chirimbolos y promociona los libros como si fueran estrenos de cine.

#3: A vuelo de pájaro no. Luego de leer un año entero, tampoco. Bioy escribió cientos, miles de páginas cargadas de anécdotas sobre su amigo, pero no pudo hacer lo que su amigo hizo con Lugones: una semblanza, un retrato sencillo y profundo que lo pinte de cuerpo entero. Y la contratapa es fabulosa, en todos los sentidos del término: “Sólo la Vida de Johnson de Boswell y las Conversaciones con Goethe de Eckerman podrían aproximarse en densidad al intenso friso burilado por Bioy.” ¡Burilado! ¡Eckerman! ¿Por qué, ya que estaban en plan hiperbólico, no ponían los Anales de Eginardo?

Seguramente, en la miríadica reunión de palabras, se escondan datos interesantes; pero, sospechamos, poco más que eso: datos. Y como base de datos, ¡ni siquiera trae un índice onomástico con indicaciones de página!

¿y qué es lo más estúpido, oprobioso y deneznable de todo este asunto? Que tarde o temprano, más o menos indignados que ahora, lo vamos a terminar comprando.

miércoles, octubre 4

La visión de Chem


Ayer viajaba en subte tratando de concentrarme en la biografía de Sully Prudhomme que leía, y pensaba en esa estética parnasiana, a la vez tan viva y caduca para nosotros. Trataba de situarme en el espíritu de la época, y pensaba cuánto había cambiado el mundo durante el último siglo. Después avancé unas páginas hasta el análisis de los Trofeos de José María de Heredia, y un dato me asaltó con la violencia de las coincidencias inesperadas: Heredia murió en Condé sur Vegre el 2 de octubre de 1905. Ayer, mientras leía eso, se cumplían 101 años. La coincidencia, aunque menor, me perturbó un poco, porque venía pensando en esa cifra y en la imposibilidad de prever las vicisitudes del mundo y de la muerte.

Seguí leyendo. Cada dos o tres páginas había marcas en lápiz, anotaciones marginales que consistían, a lo sumo, en dos rayas paralelas para destacar un párrafo. En la página 97, sin embargo, con pequeña y débil letra cursiva, una frase me paralizó por completo. Sobre un comentario acerca de la versificación de Prudhomme, un antiguo lector había escrito:

“Me moriré el 8 de octubre de 2007”

El libro (Parnaso y simbolismo, de P. Martino) tiene en sus primeras páginas un ex libris curioso: las iniciales JAC enebradas en una zarza ardiendo. No sé si un parnasiado, pero un decadente como Villiers o Laforgue harían de esta anécdota un buen material narrativo.

[en la foto, la tumba de Heredia. El título del post es el nombre de un tríptico suyo.]

martes, septiembre 26

Claudio Mamerto Cuenca


El hombre del cuadro es Claudio Mamerto Cuenca. Pertenece a la primera generación romántica, pero fue el único poeta que no emigró durante el gobierno federal. Era médico, más precisamente neurocirujano. Sí: abría cerebros en 1840, y tenía a cargo la cátedra de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires.

Cuando su tutor (que era el médico de Rosas) tuvo que viajar a Europa, este último lo convocó para ocupar su cargo. Se transformó así en Cirujano Mayor del Ejército detestando, en sus fueros íntimos, al sistema para el cual desempeñaba funciones.

En la batalla de Caseros, una cuadrilla de Urquiza toma el hospital de campaña y lo mata sin mediar palabra, antes de que Cuenca pudiera probar que apoyaba la caída del Restaurador. Cuando abrieron su saco encontraron un poema inconcluso, escrito en lápiz, febrilmente, que expresaba con virulencia su odio a Rosas:

“Y esto es ni más ni menos lo que ahora
te está, perverso Rosas, sucediendo;
estás en tu expiación, y ya la hora
de purgar tu maldad está corriendo...”


Su obra poética fue editada sólo en tres ocasiones: 1862, 1889 y 1892. Luego, sólo el nombre de una calle, esporádicas menciones en la crítica nacional y algunos versos suyos en antologías románticas. En internet, como casi siempre: naranja.

Vaya como adelanto de una antología que colgaremos en unos días uno de sus sonetos más logrados, en donde, veladamente, manifiesta su disidencia con un sistema que lo condujo a la desdicha y a la muerte:

Mi cara

Esta cara impasible, yerta, umbría,
Hasta ¡ay de mí! para la que amo helada,
sin fuego, sin pasión, sin luz, sin nada,
no creas que es ¡ah, no! la cara mía.

Porque esta, amigo, indiferente y fría
que traigo casi siempre, es estudiada...
es cara artificial, enmascarada,
y, aquí para los dos, -¡la hipocresía!

Y teniendo que ser todo apariencia,
disimulo, mentira, fingimiento,
y un astuto artificio en mi existencia,

por no poder obrar conforme siento
y me lo mandan Dios y mi conciencia,
tengo, pues, que mentir, amigo, -y miento!


***


jueves, agosto 10

La gloria de Don Enrique


Luego de sus vacaciones en el sur, almarpornaranjas regresa renovado, con espíritu atlético y con ganas de leer más literatura argentina. Y para ilustrar nuestra disposición apolínea, esta foto rara e inédita de Enrique Larreta, saludando a la posteridad desde los Alpes de principios del siglo pasado.




*v* v*

martes, julio 11

Siesta nómade - Débora Vázquez


Creo conocer a Débora Vázquez. Si mal recuerdo, en el 2001 asistí a un curso de literatura francesa que la tenía como adjunta, en donde se discutían los monólogos de Julián Sorel, el capítulo de Auerbach sobre la mansión de La Mole y las críticas de Baudelaire hacia el estilo monocorde de Mme. Bovary. Tengo un recuerdo grato de esas clases, sobre todo porque ponían en primer plano las herramientas con las que el trinomio Stendhal Balzac Flaubert construía sus sólidas murallas (léase, para algunos, sus insoportables bodoques). La grosera autorreferencia de este comienzo merece ser disculpada, creo, porque las preguntas que me hacía entonces sobre la manera en la que un escritor debía –o podía- reinventar la realidad en un texto son las preguntas que todavía conservo hoy, cuando me cruzo con “Siesta nómade” y decido empezar un comentario.

¿Es un libro de relatos? Sí en el sentido amplio del término: hay cosas que suceden y son contadas. No son cuentos, ciertamente, si los juzgaríamos así sentiríamos una leve estafa o un leve desengaño. La contratapa (que nadie firma, como es usual en los libros de Beatriz Viterbo) ofrece dos pistas: “instantáneas”, dice, y dice también “album”. No está mal. Pero hay en cualquiera de estas estampas una vitalidad acelerada que hace incompleto el parecido con la fotografía. Más bien parecen esas reglas de escuela primaria con las que jugábamos cuando éramos chicos, inclinándolas levemente hacia un lado y hacia el otro para observar un movimiento un tanto brusco pero fascinante.

La sintaxis que elige D.V. a veces llega a exasperar, pero cumple su objetivo: no ofrecer una sola línea extra, un solo remanso en donde el lector pueda respirar o regodearse:

“Hace cuarenta minutos que no se acuerda de nada. La percusión late a la altura de las caderas, entre las costillas, en la sien. El presente deja de ser un espejismo. La transpiración la vuelve lúcida. La tarima no es alta pero desde allí todos pueden verla.” (Mens Sana)

La parquedad es un recurso, no una limitación. Esa sucesión sujeto predicado sujeto predicado puede, o bien interesarnos, o bien interesarnos en revolear el libro contra la pared.
Hay otro recurso, sin embargo, que me llamó más la atención. Es difícil de utilizar, porque representa una apuesta fuerte en el “todo” del texto, y se corre el grave peligro de resultar estúpidamente jactancioso. Lo utiliza a menudo Peter Hanke en El peso del mundo y D. V. logra con él los mejores aciertos del libro. Es la equivalencia de dos sintagmas nominales dada por los dos puntos:

...una pera chiquita, redonda: la yema de un huevo al borde de un plato. (La salida de un tren)
O tal vez yo: la incomodidad de estar fuera de casa con una valija demasiado grande. (Siesta nómade)
Olor a pescado a la hora del té: el perfume de la playa. (Siesta nómade)
El cuello alto, los pies discretos: un cisne sin pecas.(Figura de invierno)
Inhalar frunciendo la nariz: un tic viril de actor villano.(Seminarios y jardines)

No sólo el argumento de muchos de los relatos y el título del libro generan la idea de migración, sino en definitiva esa manera de ver las cosas propia de los viajantes: con los ojos bien abiertos, intentando captar todo detalle, pero siempre estableciendo equivalencias con un entorno conocido. Una coincidencia que pretende ser total pero que deja manifiesta, en sus intersticios, la anomalía de lo real. “Victor H.” es prototípico en este punto. La protagonista visita la casa museo del escritor, soporta la cantilena del guía y se distrae con la decoración de la vajilla. Al finalizar:

“Me retiro mareada. En la tapa del folleto que nos dieron al entrar leo que la muestra se titula Ver las estrellas. Adela me espera al pie de las escaleras con un grueso volumen de ilustraciones del autor. Desoyendo las haches, los dibujos son monstruosamente bellos. Cuando salimos a la calle tengo hipo.”

lunes, julio 10

Escrito en birome en un libro de C. E. Feiling


en poemas / cínicos sin comercio / Bachelard / imaginación vs. percepción / la imaginación rige lo que se persigue / Carlos Germán Belli / el pie sobre el cuello (67) / Pastiche y nobleza verbal / profunda caricatura / aspiración a las formas perdidas / poesía que comunica el uso de esas formas / Horacio / Thomas Hardy / Persio / rastrear traducciones

una sola marca después, una tenue línea negra sobre los versos:

herir ovario que hervir
no basta.




(Un especial de C. E. F. de la idea fija, acá)

jueves, junio 22

Los espejos de la sombra - Estela Canto



Yo no sé cómo empezar muy bien esto, porque lo que quiero decir es concreto y la verdad es que muchas ganas de hacer un perfil de esta señora no tengo, al menos no en extenso.
Estela Canto publicó Los espejos de la sombra en 1945, un año después de Ficciones. Cuatro años más tarde, en 1949, la dedicatoria de El Aleph llevaría su nombre. Su figura es compleja, porque estuvo de novia con Georgie un tiempo, él le propuso casamiento en el Parque Lezama (muy probablemente la foto de arriba corresponda a ese lugar...aunque esa columnata que se ve sobre la derecha no me suena) y su respuesta –según ella- fue:

“Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos”.

Lógica irreprochable, sin dudas, pero no exenta de cierta crueldad. Sobre todo si tenemos en cuenta que lo dejaba por otro y unas décadas después, Georgie ciego y ya transformado en Super Borges, quiso reconquistarlo. El resto de la chismografía (que incluye la subasta del manuscrito original de El Aleph, improperios de Victoria Ocampo y coloridas etcéteras) pueden rastrearlo en el libro Borges a contraluz o directamente en internet (Google arroja pocos resultados).

El tema es el siguiente: empecé los otros días a leer Los espejos de la sombra en su primera edición (Editorial Claridad: por esa época era afiliada al PC y traductora). Son una docena de cuentos precedidos, cada uno, por una ilustración francamente horrible hecha por la mismísima Estela.
El primero, El destino, no me llamó la atención. El problema fue con el segundo. El disparo es un cuento magnífico, ambientado en Misiones, que me hizo acordar un poco a El trueno entre las hojas de Roa Bastos, pero con una astucia narrativa más propia de un Chesterton. Siempre prometo tipear cosas, lo sé, pero este relato merecería que me deje de joder y lo haga, sin tantos vaticinios ni juramentos. ¿Cuál es el punto? Que seguí leyendo y ningún otro llamó mi atención. Entonces regresé a El disparo. Hay un abismo entre la calidad de ese cuento y el resto del volumen.
¿Hubo mano de Borgie ahí? ¿Algún crítico ofició alguna vez de juez de línea en el asunto? Miren el comienzo: “Conocí a James Finnelayeson en Misiones, cerca de los yerbatales.” Aclaro que el resto del cuento es la historia que le refirió el personaje de Finnelayeson al narrador.
Mmmmmhhh...!!! Telebeam!

domingo, junio 11

Una terraza propia – Florencia Abbate


¿Fue la selección de los escritores, que responde a criterios más amplios y audaces? ¿Fue la ausencia de un prólogo tibio y un prefacio absurdo, la elección de un título y una portada que sólo se puede leer como un chiste mordaz, casi sardónico? Lo cierto es que, a priori, luego de revisarla un poco, la antología de nuevas narradoras que Norma pone en circulación me pareció un poco más ajustada, más pertinaz que su antecedente obvio: “La joven guardia” a cargo de Maximiliano Tomas, que irritó a muchos, sedujo a varios y obligó a pronunciarse a la mayoría.

Cierta inclinación por el despotismo de las arbitrariedades y la ostentosa categorización de las listas y los top five nos llevan muchas veces a establecer obsesos rankings mentales, binarios sistemas de inclusión – exlusión. Ahora bien, pedirle a cada escritora que elija una canción, un libro y “un verbo” (?!) es ceñir un perfil seductor a un único trazo proclive a las confusiones. Qué quiero decir: la apuesta puede parecernos interesante un sábado a la mañana, pero al mediodía, cuando ya despabilados chusmeamos al azar algunas elecciones, la obviedad de estos identikits nos golpea en la cara como la sensación térmica de ayer a la noche:

Nombre: Mariana Enriquez / Canción: The ship song / Verbo: fumar.

En fin.

Otra diferencia formal frente a La joven guardia (las objeciones a pensarla junto o frente a esta otra compilación pueden ser justas pero nos chupan un huevo) es la curiosa división en capítulos (Insania, Entre sueños turbios, Desde otro lugar, Politik Pornoshop y Derivas) que más que organizar los cuentos ponen de manifiesto el arbitrio de la compiladora, con lo cual el capricho se duplica: elijo el qué pero también elijo su cómo.

Florencia Abbate tiene treinta años y ya transitó todos los nodos clásicos del campo académico estándar: estudió letras, publicó poemarios, se especializó en el exterior, escribió un libro para niños, ganó un premio importante con su novela (El grito, 2004), colabora en suplementos culturales y lleva adelante un sitio de internet (www.astronomiaurbana.com.ar) .
De un total de 23 escritoras, Abbate elige 6 que no han publicado narrativa en formato libro: Yamila Begné, Verónica Merli, Jimena Néspolo, Selva Almada, Gabriela Cabezón y Natalí Tentori. Esta audacia (no, el término no le queda grande) debe ser celebrada.
En otra antología, lejana en sus motivaciones y lejana en el tiempo (Crónicas de Buenos Aires, Jorge Alvarez Editor) el compilador de entonces apostó a un joven escritor hasta ese momento inédito: se trataba de Miguel Brascó, que treinta años después escribiría la delirante novela “Quejido Huacho”. En otro libro, que recopilaba en retrospectiva a poetas de la década del 60, (Generación poética del 60, Ediciones Culturales Argentinas, 1975) Horacio Salas señalaba que la mayoría de los escritores incluidos en el volumen habían abandonado las bellas letras al dejar la juventud, como si de un juego postadolescente se hubiese tratado.
Abbate comienza su prólogo dejando en claro que “el juicio del tiempo” es algo que por ahora se nos escapa. Lo que tenemos entre manos es el presente, una construcción escurridiza de la cual esta antología es un atinado reflejo.

Presentación


Ignacio Molina (Bahia Blanca, 1976) presenta su libro de cuentos "Los estantes vacíos". Es el viernes 16 de junio en "Bartolomeo", Bartolomé Mitre 1525. Pedrito Mairal y Juan Terranova van a adularlo un poco, se leerán fragmentos del libro, en fin, lo de siempre. Poco afectos a esta clase de eventos, amxn se dará sin embargo una vuelta, a testear qué tan vencida está la crema literaria porteña y saludar y conocer y felicitar a quien escribe desde Unidad Funcional.

jueves, mayo 25

y bueno, soy argentino














De la patria al seno
volando venid,
que el sol os preside
en su alto zenit.
Bellas argentinas
de gracia gentil
os tejen coronas
de rosa y jazmín.
(Esteban de Luca, ¿1822?)


Radio 10 somos todos
24 de mayo, media mañana. Colectivo 168, de Núñez a Almagro. Seis cuadras en diez minutos. Gonzalez Oro & amigos repartiendo banderitas en Cabildo y Juramento. Arriba del bondi el ambiente se caldea. Detrás mío, una señora perfumada a otra señora perfumada, ofendida por las quejas de los pasajeros: “por lo menos ellos te regalan algo, ¿los piqueteros qué te regalan?”

Otro concurso nacional
Encontrar un lema para que el micro albiceleste se pasee por Alemania con el usual cancherismo criollo y, de paso, enseñe que no tenemos la más puta idea de cómo se escribe en castellano: “Pónganse de pié (sic) , Argentina avanza”


Una república de las letras

He nacido en Buenos Aires,
¡Qué me importan los desaires
con que me trata la gente!
Argentino hasta la muerte,
he nacido en Buenos Aires.
(Guido y Spano, 1895)



y bueno soy gondwanés
(César Fernandez Moreno, 1966)

martes, abril 25

Feria del libro: Introito


Mientras unos y otros de la turba bloguera exponen su circuito por la abigarrada programación del BAFICI, al mar por naranjas hace el trabajo duro, el que nadie quiere hacer: va a la Feria del Libro. Posa junto a la foto de Felipe Pigna, saluda complaciente a Jaime Bayly y hasta estrecha su mano con Helmut Ditch. Eso es cultura, qué joder. ¿Para qué marearse con tanta película oriental si podemos marearnos con Ferné?
Así las cosas, AMXN (a fin de mes y con poco circulante) empieza su recorrido por la Feria. Feria cuyos afiches de promoción son aún más horrendos que los de años anteriores, con una Ocampo, un Borges y un Freud (es Freud, ¿no?) amenazando desde una gráfica chillona.

Uno: durante la primera semana, cuando todavía la marabunta no se enteró del todo del asunto, y los colegios todavía están planificando horarios para que sus niños se empapen de cultura, hay que aparecerse tardongo: siete y media / ocho está bien. Los pasillos se vacían gradualmente y a eso de las nueve podemos caminar sin problemas.

Dos: ¿por dónde empezar? Por los stands en donde necesitamos estar fresquitos, por esos lugares que evitamos cuando ya estamos cansados y salteamos pasillos enteros. Asociaciones islámicas, Fuerzas Armadas, Libros en miniatura y Editorial Kier son un buena elección. Bien provistos de folletos (que leeremos concienzudamente durante el viaje de regreso a casa), luego de conversar con personas deseosas de compartir ideología, podemos seguir nuestro camino.

Tres: La feria, para el que más o menos relojea frecuentemente las librerías de nuevo y está al tanto de los miserables descuentuchos que aparecen cada tanto, tiene, a primera vista, pocas atracciones. Está bien, podemos reírnos mirando al viejo Ray Bradbury en una videoconferencia desde el quinchito de su casa, o verle la cara a Roman Gubern y preguntarle si vio las películas de la Coca Sarli, pero el fin, a veces, no justifica los medios.

Amxn encontró una vez más, sin embargo, la manera de llegar cortos a fin de mes. El que busca encuentra, y el refrán sirve hasta en antros como éste. ¿La respuesta? En el próximo boletín.

miércoles, abril 12

Los sonetos mugres


Daniel Giribaldi publicó “Sonetos Mugres” en 1968. Fue por editorial Sudestada, que por ese entonces ya había sacado “Las condiciones de la época” de Joaquín Giannuzi y “Las patas en las fuentes” de Leonidas Lamborghini. A pesar de un prólogo de Gobello y un epílogo más que laudatorio de José Barcia, la suerte literaria de Giribaldi fue mínima. Se lo recuerda todavía en Rosario, cuando un par de lectores aislados preguntan, muy de vez en cuando, qué pasa que nadie habla de él. Y es extraño, porque son un puñado de sonetos entrañables, sinceros, muy bien construidos. Sonetos en donde el lunfardo no viene a saturar la estructura clásica, sino a oxigenarla, a darle sentido. Varios poetas argentinos le entraron al soneto, pero unos pocos domaron esa fórmula. La musicalidad de Banchs, la aguda percepción de Wilcock y, sin duda, la entrañable voz ciudadana de Giribaldi.

El llamado

Hacía ganas de morir. Llovía.
No había dónde ir. Daba pavura
la noche afuera. Y en el alma oscura,
la lluvia que caía y que caía.

Un fanfa batiría: “la hice mía”.
Pero no. Me mojé con tu ternura.
Cebaste mate. En la catrera dura
me ayudaste a llegar al otro día.

¿Hoy? Quizás el balurdo ya no funque.
Tal vez sus mates con tu yerba cebe
un dorima tarúpido y cualunque.

Pero hace ganas de morir y llueve
y quiero estar con vos. Mi telefunque
es tres siete, dos siete, siete nueve.


Daniel Giribaldi, (1968)


Sobre el final de este discurso del poeta Antonio Requeni, subido a la red por la revista El Jabalí, una interesante evocación.